Alberto Ramírez Jurado
n. 1978
Presentación
José Ignacio Aldama

De todas las artes, la pintura abstracta es la más difícil.
Exige saber cómo dibujar bien, tener un sentido elevado
de la composición y el color, y ser un verdadero poeta.
Esto último es esencial.
-Vasili Kandinski

El mercado del arte contemporáneo atraviesa un periodo de auge jamás imaginado en la historia. En vida, los artistas son testigos de cómo sus creaciones rebasan los límites monetarios que parecerían racionales en otros tiempos, y ven cómo sus obras de arte dejan de serlo para convertirse en íconos de una época o en piezas emblemáticas de nuestra cultura popular. El coleccionismo ha mostrado un creciente interés por participar en el mercado del arte de una manera mucho más activa que en el pasado y las grandes colecciones ahora son de arte contemporáneo, que va ganando espacio mayoritario y notoriedad en las listas que, año con año, preparan las publicaciones de arte más influyentes del mundo occidental.
Dentro de la esfera del arte contemporáneo la pintura abstracta continúa desempeñando un papel importante. Pronto se cumplirán cien años desde que Kandinski preparó lo que muchos consideran la primera obra abstracta -una acuarela de 1910 que se exhibe en el Musée National d'Art Moderne, en París- y aunque a lo largo del siglo XX esta corriente vivió épocas de apogeo y de olvido, resulta evidente su permanencia y éxito en los albores del siglo XXI, cuando nuestros artistas utilizan recurrentemente este lenguaje para manifestarse.
¿Cuál es la razón? Quizá sea la urgencia de huir de la representación de una realidad que no nos convence, la saturación visual de la era de la información, la necesidad de liberarnos de las limitantes de la naturaleza o incluso -como sostienen algunos reconocidos autores- el deseo de encontrar un lenguaje universal en el globalizado panorama mundial; incluso puede tratarse de la infinita búsqueda de lo novedoso… el caso es que el arte abstracto es hoy, más que nunca, parte fundamental de nuestro quehacer colectivo en las artes.
Alberto Ramírez Jurado (1978) es un joven artista mexicano egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, quien después de explorar profundamente el dibujo, ha encontrado la manera de expresar su discurso pictórico. Originario de Milpa Alta, Ciudad de México, donde aún vive y trabaja, no es inmune a la influencia visual y técnica de los más notables artistas mexicanos modernos y contemporáneos como Rufino Tamayo y Francisco Toledo, hecho patente en sus lienzos cargados de pigmento y arena, o sus esgrafiados que dejan ver sucesivas capas de trabajo hasta que consigue lo que desea y donde en ocasiones, alejándose de la abstracción más pura, nos sugiere formas acaso reconocibles de un mundo animal imaginario.
Aldama Fine Art presenta con entusiasmo la obra de Ramírez Jurado, que se incorpora a nuestro compromiso de ofrecer con equilibrio, al público aficionado y al coleccionista, la diversidad creativa de nuestros artistas, en la tarea de formar y enriquecer un sólido patrimonio visual.

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Plasmar el vestigio. La pintura de Alberto Ramírez Jurado.
Sofía Neri

Las técnicas de esgrafiado, donde un área de capas blandas superpuestas es intervenida rasgando los dibujos que harán emerger los colores de las capas inferiores, sugieren un retorno a los orígenes de la expresión humana, con toda la carga ritual y artística implícita en ello; son uno de los primeros intentos por manifestar sus ideas y darles permanencia. Los primeros seres humanos usaron sus dedos o instrumentos para expresar sus deseos o temores en un acto de evocación mágica. Para los artistas contemporáneos que siguen haciendo uso de ellas se han convertido, además, en una manera de conciliar dos de las características predominantes de las artes plásticas: el acto de dibujar y la expresión pictórica per se.
Alberto Ramírez Jurado traza, dibuja y aglutina arenas y óleos, poniéndolos al servicio de su vocación de observador del detalle. Eso le permite crear un bestiario personal de hibridaciones fantásticas donde arácnidos, crustáceos, aves, batracios y artrópodos diversos habitan vibrantes terrenos cromáticos de pigmentaciones rojas, amarillas y anaranjadas, definiéndose a veces con trazos de contornos sugeridos, o bien aparecen contundentes en tonalidades complementarias respecto de su fondo.
Sus universos bidimensionales no son, sin embargo, ajenos al tema de su entorno cotidiano; Ramírez habita en la delegación Milpa Alta, sitio de privilegio dentro del Distrito Federal, en la sierra de Chichinautzin; lugar poco contaminado, con paisajes boscosos, campos fértiles cultivables y de urbanización aún controlada. Los formatos del artista, en general, son medianos, íntimos, donde aterriza de nuevo en el detalle y elabora obras como Tendedero, Ventanas, Entre Líneas, Equilibrio y Pareja, todas ellas con un sentido del ritmo y la musicalidad visual que señalan, además, su interés por lo humano.
Al emular el espacio primigenio de la superficie terrenal en sus óleos sobre tela o madera, y rasgar con sus trazos la aparentemente dócil superficie, el artista evidencia la intervención humana que ejemplifica el afán de plasmar un vestigio a través del paso del tiempo. El resultado es una escritura iconográfica que evoca y parafrasea al Toledo oaxaqueño y reconcilia al espectador con el cada vez más lejano fundamento de su ser: la tierra misma.

El color de mi tierra
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