La cara oculta del placer
José Manuel Ruiz Regil
El humor es negro o no es
-Hugo Argüelles
Como en el cuento de Gabriel García Márquez La luz es como el agua, donde unos niños rompen los focos de la casa para inundarla con chorros de luz cual si fueran ríos de agua, y se lanzan en botes a navegar sobre su fantasía, la colección de óleos y acrílicos de Yampier Sardina (La Habana, Cuba, 1976), baña de luz su memoria para abrir los telones policromos de la emoción a manera de naturalezas muertas y retratos que retan a la realidad con la organicidad de sus trazos y la vibrancia real-maravillosa de su paleta. Basta ver sus fondos graffiteados o la intensidad del gesto en sus atrezos para sentir el fogonazo de su poder lumínico.
Con la muestra titulada El placer del engaño el artista ha pretendido burlar al ojo, revelándole de manera gozosa una realidad que quizás, vista de otra manera, preferiría soslayar. Mejor dicho, el artista ha sabido descubrir en estas escenas la belleza del color que llena al espíritu de un optimismo heroico. Fiesta de luz que no esconde decadencia. Su forma contrasta amargamente con el fondo, sin esconder la gracia de esta mascarada.
La tesis supone una revisión personal y colectiva a la vez, subjetiva y concreta, de lugares, acciones y objetos cotidianos para revelarlos en su cruda realidad, quizás para contarse la mejor historia posible. Faena del día, El gran penetrador y La paga, son ejemplos de ello. No hay maquillaje en el objeto, ni en el intercambio que precede o antecede a esos instantes. Pero esto no quiere decir que el trabajo sea descuidado. Al contrario, la fidelidad al abandono exige enorme minuciosidad, cuidado, detalle, como lo demanda el oficio sagrado de sobrevivir.
Los pliegues de los manteles en Sesión con el deseo, Propuesta deseada, Jineteras, Objets, Objets 2, y La exhibición, disponen una plataforma para mostrar una abundancia fabricada. Naturalezas muertas… de risa, que saben lo que esconden, hasta que no pueden más y se revelan desnudas, como en Serenata; desnudas y abiertas, sarcásticas, confiadas en el efecto cromático del azul cobalto del fondo y el anaranjado rotundo de la papaya, matizado por el semillero interior del melón. Tan autosuficientes que no faltará quien disimuladamente busque pegar el gajo de pared que parece desprenderse.
El desgaste del cobre en Propuesta deseada, el cuero curtido del fajín que aparece en un bodegón entre etíope y mango (Objets 2), y se repite en otro entre pimiento y jarra (Figuras de la noble conquista); el podre del postigo frente al cual dialogan cafetera y berenjena en El exquisito sueño de la relación; el jitomate a punto de pudrirse en Equilibrio, las magulladuras de la charola en Trueque, son acentos formales del discurso pictórico que compensan la monotonía de las cosas per se. La mirada compasiva del autor transforma el abandono, el dolor, la escasez, o la mortificación en una celebración juguetona de la vida presente. No añora lo que fue, ni anhela el futuro, sino que arma su discurso con lo que hay; presente, pasado, vital o inerte, resaltando una relación de uso, sin embargo casi prosopopéyica, del sujeto con el objeto, como compañero de vida y cómplice.
En este trabajo el artista manifiesta su profunda convicción por recrear la intensidad de sus recuerdos, su visión más nítida, no sólo para recomponer sobre lienzo o masonite lo que la realidad se ha empeñado en deteriorar, sino para establecer un diálogo fantástico entre los actores silenciosos del tiempo, logrando el balance mágico entre la elocuencia resignada de los objetos y una mirada que penetra. Y al hacerlo denuncia y acompaña. Sardina pone el dedo en la llaga pero se mantiene fiel a su verdad: el placer de decir lo que parece ocultarse. Este humor produce un registro de texturas que dejan manifiesto el estado de las cosas y provocan en el espectador un asombro sospechoso, una sonrisa mórbida.
Frente a la escalinata de colores, rellanos monocromáticos donde va el ojo a descansar son sus grafitos. Estudios, sombras en la sombra (Llave de agua); fotografía de la fatiga (Zapato); boceto de la dignidad que no va hacia la redención del color, sino -deslavada ya-, pide amparo en el lápiz (A la carta). Valor, aventura y perdón, probablemente, son elementos que también el artista mezcla en sus pigmentos para leer o leerse, y reconstruir un discurso quizás familiar, nacional o simplemente fantasioso, a partir de la naturaleza, no sólo utilitaria, sino gráfica y dinámica, de los objetos encontrados al abrir la covacha de presencias suspendidas en el espacio-tiempo, vivificándolas con la perspectiva de un espíritu lúdico, optimista, sano y renovado.